El 'cohousing': otro modelo de vida para la vejez activa

Dado el creciente envejecimiento de la población y el momento de cambio hacia una era colaborativa, surge esta modalidad de vida como solución a la exclusión social, soledad y a la falta de estímulos que sufre el colectivo de las personas mayores.

Su edad ronda entre los 50-70 años, cuentan con buena salud y esperan seguir disfrutando de la vida de la manera más autónoma y activa posible.

Las viviendas colaborativas, o el cohousing en su terminología inglesa, es una alternativa a los geriátricos o los pisos tutelados. Los mismos interesados se unen para idear, construir y convivir en un mismo complejo residencial que combina los espacios privados con las zonas comunes. El fenómeno nació en los años sesenta en Dinamarca y se ha consolidado en Suecia, Estados Unidos y Canadá. Ahora el cohousing llega a España.

Hace ya quince años que José Caballero y algunos amigos más plantaron en Santa Oliva, El Vendrell, la semilla de lo que hoy es La Muralleta, una de las primeras cooperativas de viviendas con derecho de uso de Catalunya. El proyecto ideado en asamblea, cuenta con áreas comunes, como una zona recreativa y pendiente de rematar una donde hacer taichi, yoga o zumba. Son energéticamente sostenibles y sin barreras arquitectónicas.  Su precio, 152.000 euros por socio.  

Un fenómeno emergente
Sostre Cívic es una entidad sin ánimo de lucro que trabaja para desarrollar proyectos de acceso a la vivienda no especulativa como el cohousing, siguiendo un modelo de construcción ecológica y saludable. Raül Robert, presidente de la asociación, explica por qué las cooperativas de usuarios de viviendas se están haciendo un hueco en el sector: “El sistema de acceso a las hipotecas de manera individual se ha demostrado que para muchas personas no es viable y esa dificultad, unida a un cambio de mentalidad en parte forzado por la crisis, hace que el cohousing se vea como una alternativa atractiva y real”.

A parte de esta cooperativa de viviendas colaborativas en Barcelona, también podemos encontrarlo repartido por la geografía española, como Trabensol en Madrid o Profuturo en Valladolid.

El cohousing combina la independencia de una casa y algunos de los servicios ofrecen una residencia, pero la diferencia respecto a los modelos tradicionales para la tercera edad, es el poder de decisión de sus usuarios.

Si por alguna circunstancia se ven obligados a abandonar el proyecto podrán vender el piso o dejarlo en herencia, pero nunca especular con él.

Racionalizar los recursos
En Cerdanyola, otro grupo de personas está en negociaciones para apalabrar un terreno y empezar a construir. El área susceptible de albergar otra cooperativa de viviendas está cerca de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y es propiedad al 50% del Incasòl y del Ayuntamiento de Cerdanyola.

Joan Begué es uno de los cooperativistas, que junto a más amigos, está estudiando dar el paso hacia la vivienda colaborativa. En su grupo hay de todo: desde personas en activo hasta jubiladas, pero todas tienen en la cabeza la idea de convivir en un futuro en un mismo complejo “que sea sostenible, en el que compartan espacios comunes y con el que puedan ahorrar en los gastos de compra y mantenimiento de las viviendas”. La racionalización de recursos es otra de sus señas de identidad.

El cohousing, no deja de ser la versión inmobiliaria de otros fenómenos que se engloban en la economía del bien común que están revolucionando ámbitos como el transporte, el consumo o el turismo. Con unas proyecciones de envejecimiento elevadas – según un informe del Fondo de Población de la ONU, en 2050 un 38,3% de la población española tendrá más de 60 años - las viviendas colaborativas se presentan como otro modelo de vida, sostenible y autogestionado, para una vejez más activa. “Es una forma de vida más económica, sostenible y cómoda. Más solidaria, en definitiva”, concluye Ricart cooperativista.

FUENTE: La Vanguardia